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jueves, 13 de febrero de 2014

Appenzell

Appenzell es el centro neurálgico de una comuna homónima en la Suiza más alemanizada. Ahí, un poco lejos de todo, se cura el Appenzeller, uno de los quesos más populares de los supermercados helvéticos por su versatilidad y su sabor suave, amigable. Cuando el canto de sirena quesero se atenúa queda un pueblo de grandes casas de colores, calles pintorescas y peatonales y unas cuantas excursiones potentes: a los Grisones o al romántico Lago Constanza.

Mahón

La principal puerta de entrada a la isla de Menorca no es solo un centro político, logístico y de transporte. También la casa de un popular queso de vaca que la ha situado como la referencia gastronómica en un panorama turístico con muchos estímulos. Aunque ahora su consejo regulador acoge productores de todas las islas, su capital sigue siendo su principal valedor y acompaña una buena cata con un paseo por el puerto y sus recuerdos ingleses.

Gorgonzola



Este enclave lombardo hace que cualquiera se derrita con esa luz y ese crepúsculo tiñendo sus calles y canales. Absolutamente eclipsada por su queso y por la cercana Milán, Gorgonzola sobrevive al efecto ciudad-dormitorio con piazzi llenas de vida, iglesias con encanto como las de San Gervasio y Protasio o el santuario de la Madonna dell’Aiuto. Y, cómo no, con fiestas y ferias en torno a su inconfundible queso.

Gruyères

Gruyères

 Es cierto que su famoso producto no lleva la ‘s’ final y que éste toma el nombre de la comarca (Gruyère) pero cuando se cita a este coqueto pueblito prealpino es inevitable pensar en queso y en vaquitas salpicando las verdes laderas. Luego convence con su idílica postal, con su disfrutable castillo ducal y sus grandes chalets consagrados hoy al alojamiento y a la fondue. Y al final ya sorprende con otras rarezas como su museo HR Giger, su bar alienígena o su completísimo museo de arte tibetano.

Rocamadour

Rocamadour

 El tirón de este famoso ‘sitio’ de Francia (el segundo más visitado del país) fue aprovechado por los productores de queso locales para que bautizara a los delicadísimos quesitos de cabra de sus fromageries. Con razón, ya que los peregrinos fueron los que universalizaron estos suculentos bocados. La parte no comestible de esta simbiosis es un pueblo espectacular que hace equilibrio en el acantilado sobre el que la fe (y el parné) ha levantado todo un santuario imprescindible.